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Mil mujeres asesinadas. No mil mujeres “muertas” como repiten los titulares cada vez que una mujer es acuchillada, tiroteada, estrangulada, tirada por una ventana. Porque no “mueren” como si hubiera sido su elección, como si no tuvieran nada mejor que hacer en ese momento. Son asesinadas.

Pensarlo. En cualquier otra circunstancia en la que habláramos de mil personas asesinadas nos llevaríamos las manos a la cabeza pero, aquí, el mayor problema es que una parte demasiado grande de la sociedad sigue mirando hacia otro lado. Y no me refiero únicamente a los que son tan despreciables que llegan a intentar minimizar asesinatos comparando cifras con las de fallecidos en la carretera o la construcción, restando importancia de esa forma a todas esas vidas, aunque hayan sido arrebatadas por las manos de otra persona, amontonándolas en una balanza al peso, insultándolas al usarlas de esa forma.

Me refiero a los que, incluso con las cifras delante, siguen negando que exista un problema porque harán lo que sea para no pronunciar ni reconocer la existencia de la palabra machismo y hasta qué punto es una enfermedad en nuestra sociedad que se manifiesta en forma de terrorismo.

Sí, “terrorismo machista”, porque no hay otra definición mejor del miedo a saber que, por ser mujer, puedes encontrarte con algún “hombre” que crea que eres de su propiedad, que tiene derechos sobre ti y que, si has compartido una relación con él, ya no tienes derecho a hacer tu vida de forma independiente ni, menos, con otra persona.

Y esa es otra de las negaciones del machismo, el no querer aceptar que son hombres en su mayoría los asesinos, que son hombres en su mayoría los que acaban con la vida de la persona con la que la habían compartido, que son hombres en su mayoría los que acosan, maltratan, violan y asesinan a mujeres.

Y ya sabemos cual es su estrategia, el “no todos los hombres” para no tener que reconocer ni plantearse por un segundo el por qué “casi todos son hombres”.

Mil asesinadas... desde 2003. Mil asesinadas en 16 años. Más de 62 mujeres asesinadas cada año por el simple hecho de que un hombre decidiera que tenía derechos sobre la vida de ellas.

Mil asesinadas y las cifras solo recogen las que lo fueron a manos de su pareja o ex pareja. Solo aquellas asesinadas por alguien con quien habían mantenido una relación. Mil y solo estamos hablando de aquellas a las que le robó la vida aquel que un día fue la persona más cercana.

Porque, por mucho que los mayores colaboradores del machismo protesten contra la “dureza” de la Ley Integral de Violencia de Género, en realidad esta ni siquiera cuenta a todas las otras mujeres asesinadas, también a manos de hombres por el simple hecho de ser mujer. No cuenta a Diana Quer que nunca llegó a casa porque un hombre la vio y decidió que tenía derechos sobre ella. No cuenta a Laura Luelmo que hacía poco se había mudado a aquel pueblo donde un hombre, al verla, decidió que tenía derechos sobre ella. No cuenta a Sara, a la que un hombre encontró inconsciente por las pastillas que había ingerido en el Parque de Marialuisa en Sevilla y, en vez de ayudarla, la abandonaría un rato después, reventada, para que muriera desangrada.

Y así un caso tras otro con una sola particularidad, un hombre ejerciendo violencia sobre una mujer por el simple hecho de serlo, hasta que perdemos la cuenta. Porque no son solo las mil mujeres asesinadas por parejas o ex parejas y las innumerables a manos de otros hombres a quienes ni conocían. Son todas las mujeres acosadas, maltratadas, violadas, etc., exactamente por el mismo motivo. Tantas que el simple hecho de que alguien intente restar importancia debería ser motivo para que se le repudiara públicamente.

¿Qué diríamos de alguien que restara importancia al número de asesinados por la banda terrorista ETA? ¿Qué diríamos de alguien que dijera “Mueren más en la construcción”? ¿Qué diríamos de quien contestara ante un atentado “Nadie habla de los hombres que se suicidan”? Y sin embargo son las respuestas habituales con cada asesinato machista.

Una amiga hace poco expresaba sus reservas a la hora de hablar del terror impuesto por ETA, incluyendo los asesinatos, pero quizás es justo el ejemplo que necesitamos. Porque no estamos hablando de accidentes sino de asesinatos y porque en el terrorismo machista parece que tenemos grandes problemas para señalar al asesino como lo que es.

Si buscamos en cualquier sitio que cite la “historia” de la banda terrorista vemos que se fundó en 1958 y anunció su disolución en 2018; es decir, 60 años en los que se le achacan 829 asesinatos. Y nadie tiene ninguna duda en condenarlos ni en señalar a los asesinos.

Hagamos entonces un pequeño cálculo: Si desde 2003 han asesinado a una media de 62 mujeres, ¿a cuántas han asesinado en 60 años?

¿Por qué entonces tenemos en cada crimen machista a los que llegan incluso a justificar al asesino? ¿Por qué tenemos en cada uno de ellos a los que miran hacia otro lado, se ponen a la defensiva u ondean los típicos bulos machistas? ¿Por qué, incluso aunque permanezca en el suelo el cuerpo de una nueva víctima, tenemos a algunos hablando de “denuncias falsas” mientras casi tienen que pasar de puntillas para no mancharse con la sangre?

La respuesta es sencilla y responde precisamente a no querer aceptar que no serán todos los hombres pero casi siempre son hombres. Pero, sobre todo, hombres a los que conocíamos. Porque los asesinos del terrorismo machista y sus colaboradores no están en ningún lugar lejano, no dan comunicados encapuchados, ni llevan una doble vida de la que no sepamos nada.

Son hombres que están en nuestro entorno. Son ese vecino, pero también puede ser tu amigo, tu hermano e incluso tu padre. Y son hombres con los que hemos mirado hacia otro lado cada vez que daban una muestra de su machismo en vez de plantarles cara.

Hemos mirado hacia otro lado con sus “chistes” en WhatsApp, con sus comentarios sobre cualquier mujer y hasta se los hemos reído. E incluso hemos preferido no ver sus malos gestos y contestaciones hacia su pareja porque eran “cosas de ellos”.

Por eso también muchos contestan a la defensiva cuando se señalan sus comportamientos machistas. Por eso responden, indignados como si las víctimas fueran ellos, que “era una broma”, que “son cosas que se han hecho de siempre”, que “ya no se va a poder decir nada”. Porque “no serán todos los hombres” pero muchos no quieren mirarse al espejo y encontrarse que hemos ayudado a perpetuar el machismo y formamos parte de su maquinaria.

Mil asesinadas en 16 años y se sigue gritando “¡Ni una menos!”, pero faltan mil, oficialmente, y aún habrá quienes lo sigan negando.



Imagen: Julia Valencia | Fuente: revistafactum.com


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