Combatir el fascismo (también en las redes)

Casi no hay día en que no amanezcamos o nos acostemos con una nueva gilipollez, salvajada (y muchas veces ambas cosas) dicha por el, en principio, incompetente político o fascista de turno. Y digo “en principio” porque, en realidad, ambos comparten el mismo objetivo y saben bien como alcanzarlo, ya sea provocando la risa mientras pensamos que en su cabeza no hay nadie al volante o con nuestro cabreo.

De hace unos años hacia esta parte el fascismo ha ido poco a poco ganando la batalla del discurso en las redes sociales, justo cuando las encuestas muestran que cada vez son más los que abandonan los medios tradicionales para informarse y recurren a internet.

Y no nos engañemos pensando que en internet son solo cuatro gañanes que hacen mucho ruido, porque ese ruido y el odio y miedo que provocan tienen la capacidad de llegar mucho más lejos que cualquier respuesta razonada que les demos. Y encima les estamos ayudando.

Saben que en las redes sociales las publicaciones con más interacciones, es decir, que más se comparten y son más respondidas, son las que los propios algoritmos de cada red muestran más a nuevos usuarios.

Muchas redes ya no muestran las publicaciones en orden cronológico sino que un algoritmo las muestra pensando por ti, en base a su importancia y lo que calcula son tus gustos, lo que más “te puede interesar”. Y, aparte, también te muestran como “sugerencia” otras publicaciones y mensajes aunque no sigas a quienes los han escrito.

Es así como las redes hacen llegar los mensajes más virales a nuevos usuarios, tanto a los que se verán convencidos como a los que terminarán encabronados, volviendo a compartirlas o a comentar dentro de esas publicaciones, inflando aún más el alcance y la importancia dentro de las redes, etc.

Y ni siquiera es algo nuevo sino que se ha hecho en Brasil (aunque allí se enfocó más en mensajes virales a través de WhatsApp), en EEUU (Bannon es un experto en ello y lo ha aplicado desde Breitbart hasta la elección de Trump y, hace no mucho, ha estado por Europa trasladando su experiencia para lograr reforzar a la ultraderecha), con el Brexit, etc. E incluso todo el escándalo de Cambridge Analytica se podría resumir en buscar dirigir a un público aún más específico esas publicaciones para que sean aún más efectivas.

Así que no, no se trata de entrar a su pocilga a intentar responderles allí o compartir el enlace a su noticia o “retuitear” su última burrada, etc., porque además no tiene sentido meterse en la misma mierda con alguien que realmente no está interesado en debatir y a quien no vamos a convencer porque solo busca que le ayudemos con nuestro cabreo.

Con alguien que aplica lo de “jugar al ajedrez con un palomo”, que tirará las piezas, se cagará en el tablero y se paseará por él sacando pecho como si hubiera ganado, no hay nada de lo que hablar. Y menos si encima con nuestro cabreo le vamos a hacer el juego ayudándole a darle visibilidad.

Capturas de pantalla y bloqueos, tanto desde el ordenador como desde el móvil y publicar nuestros argumentos para desmontar sus mentiras en nuestros propios perfiles sin enlaces que, al clicarlos, lleven a los suyos ni a sus publicaciones.

Comentar solo en los perfiles que hagan lo mismo para que sean los que ganan visibilidad. Compartir publicaciones solo de esos perfiles por lo mismo. Y hacer que las redes empiecen a reducir el alcance de los bulos y provocaciones y de los perfiles que los lanzan.

Es evidente que, aparte, más allá de un ordenador y las redes sociales, hay que hacer mucho más; pero hoy en día el fascismo ha aprendido mejor que nadie a sacar partido a internet para que su discurso llegue más lejos que nunca y es necesario pararlos también ahí porque, mientras no lo hagamos, seguiremos teniendo esa gente que ya no es que comparta noticias por cabreo, sino que repiten como loros el discurso porque están convencidos del último bulo racista, machista, homóbofo, fascista, etc. Y esa gente, aunque después se arrepienta, aunque digan que “les engañaron”, etc., vota comprándoles el discurso del miedo y el odio.

No se trata de callarnos y hacer como que no les oímos, no se trata de agachar la cabeza y no responder ni se trata de no luchar contra su discurso. Se trata de hacerlo con inteligencia.


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